Historias en femenino: Una niña de 80 años

Le acaricio la mano y le miro directamente a los ojos. Su cara es aún preciosa y aunque arrugada, conserva sus bonitas facciones. “Debe haber sido una mujer muy deseada”, pienso, mientras sigo acariciándole su pequeña mano. Le veo las manchas típicas de la edad, para mí son las marcas de la experiencia.

Me muevo un poco y el sofá de piel hace un ruido gracioso. Ella se ríe, yo me río. Echo de menos estas tonterías ahora que ya soy mayor. Miro a mi alrededor, todo me recuerda a mi infancia, aquí pasé muchos días mientras mis padres trabajaban. Recuerdo que los sábados nos reuníamos todos alrededor de la larga mesa del comedor.

Aparece Lucynda, me dice que la cena ya está hecha. Le guiño un ojo (es una costumbre que tengo desde que llegué a esta casa, donde me enseñaron a hacerlo) y le digo que ahora vamos.

Dejo de acariciarle la mano y le ayudo a levantarse. Ella se alisa la falda y me pregunta que a dónde vamos. Le digo que vamos a cenar pero parece que no tiene ganas. “Tienes que comer o no crecerás”. Se ríe como antes. Me encanta verla feliz. Llegamos al comedor y me vuelve a preguntar que a dónde vamos. Estoy tan acostumbrada a que me pregunte tantas veces lo mismo que le paso mi brazo alrededor de sus hombros y le acabo abrazando. Sé que ella así se siente querida y es feliz.

Cuando acabamos de cenar tengo que irme, es muy probable que en una hora mi abuela no recuerde nada de lo que ha pasado hoy. No recordará que hemos pasado el día en el parque, ni que un perro se ha acercado a husmearla y ella le ha acariciado. Pero le quiero, y me gusta seguir a su lado recordándole quien es, porque ella ya ha trabajado suficiente en esta vida, y ahora debe ser tratada como una reina.