Historias en femenino: Me importa

Unos ojos aparecen por encima del escritorio. Son saltones y tienen un brillo que me maravilla. Lleva el pelo revuelto, seguramente ha estado jugando por el suelo o escondiéndose en los lugares más recónditos y estrechos de la casa.

Yo miro la pantalla del ordenador mientras escribo el texto, hago ver que no me entero de que está ahí. Sólo viéndole su mirada sé de qué humor está. Ahora mismo, por ejemplo, está sonriendo. Lo sé porque sus cejas se arquean mientras que sus ojos se cierran casi por completo. Cree que lo sabe todo y le dejo hacer.

Sigo tecleando y de repente esos ojos desaparecen. Se ha escondido debajo de la mesa, o quizás va a venir por detrás para intentar asustarme. Como cada vez que lo hace, voy a hacerme la sorprendida y le perseguiré un rato jugando con él. Le oigo reírse él sólo, está tan nervioso que no puede aguantarse. Gracias a esa risita sé por dónde va.

Ahora mismo sus carcajadas a bajo volúmen están en la zona en la que tengo los pies. De repente, me saca las zapatillas de estar por casa y me empieza a hacer cosquillas. Quiero ser más lista que él, pero me ha ganado por completo. Las cosquillas son mi punto débil. Empiezo a retorcerme y a reírme. Él ríe aún más fuerte, y es cuando pierde toda la fuerza.

Lo saco de debajo del escritorio y sus grandes ojos me miran directamente. Le doy el abrazo más largo del mundo. Es la alegria personificada. No tiene ninguno de mis rasgos, pero tampoco me importa. No soy su madre, pero tampoco me importa. Donde vivía antes no comía casi nada, no tenía juguetes ni otros niños con los que jugar, y eso sí me importa. Esa mirada… me importa.