Historias en femenino: Cuando Aledis se encontró sola

Sentada en la silla, rodeada de familia. Sólo escucha ruido. Mueve la cabeza a izquierda y derecha. Analiza las caras que la envuelven. Ninguno escucha al otro, simplemente hablan todos gritando, son caras conocidas. Ese tan delgado con el pelo bien corto es su padre. Su madre se sienta al lado, siempre callada, sin opinión propia, sumisa a su marido como casi todas las mujeres de su edad. Al otro lado está su hermano mayor y su hermana pequeña. El ruido empieza a ser agobiante. ¿Por qué no se callan?

Ya basta, Aledis se levanta de la silla, pega con el puño en la mesa… y la rompe.– ¡Aledis! ¿Estás bien?

Aledis se mira la mano, pero no ve la sangra que brota de ella. En su lugar se fija en que el suelo está lleno de cristales. Levanta la cabeza. Vuelve a mirar a toda su familia en el mismo orden que antes. Primero ve a su padre, con cara de decepción. Luego ve la cara de su madre preocupada, se ha levantado también. Su hermano y su hermana siguen discutiendo, pero por suerte esta vez lo hacen más bajito.

La vida de Aledis siempre ha sido así. Alejada de los ideales de sus hermanos, defraudando continuamente a su padre y haciendo sufrir a su madre cada vez que abre la boca o hace algo. Aledis empieza a notar una quemazón en la mano. Ahora sí, se la mira. Empieza a salir bastante sangre, pero de hecho se siente relajada. Ver la sangre fluir le permite evadirse de la realidad. Y por un momento forma parte del líquido que se mueve libremente. Es la gota que acaba de caerle en el pantalón y a la vez es también la gota que ha caído en un trozo de plato roto en el suelo.

– ¡Aledis!¡Aledis!

– ¿Qué?

– ¿Cómo que qué? ¡Has roto la mesa! – dice enfadado su padre.

– Perdona, no podía más.

– ¿No podías más? Pagarás tú la mesa entonces.

– Si si… lo que tú digas.

– ¿Pero por qué has hecho eso?

– No podía más mamá. ¿No os escucháis vosotros mismos? ¿Sois conscientes de las barbaridades que estáis diciendo? – Suelta Aledis enfadada. La calma que ha conseguido al romper la mesa se ha esfumado y vuelve a la carga su frustración y desespero.

– Será mejor que lo dejemos, tú no estás bien – Su padre, ese padre maravilloso que nunca ha confiado en ella y que nunca le ha apoyado.

Aledis se marcha al lavabo. A todo esto sus hermanos siguen discutiendo sobre si se estaba mejor o no con Franco. Ése es el tema que ha hecho explotar a Aledis. El primer momento en el que Aledis se encontró sola en esa familia fue hace unos 10 años, cuando aprendió a opinar por sí misma, sin influencias de una sola mente (en su casa siempre se había hecho lo que decía su padre). Rompió los moldes respecto a sus hermanos. Sacaba buenas notas mientras que a ellos les hacía falta repaso. Y rompió la hegemonía de su padre. Pero nadie la valoraba.

Se marchó a vivir a Inglaterra hace un par de años, pero volvió por el nacimiento de su primer sobrino. Pensó que la familia debía estar unida ya que venía con un problema del corazón. Al llegar de nuevo al hogar familiar, las cosas fueron fáciles. Pero poco tardaron en torcerse de nuevo cuando Aledis empezó a llevar la contraria a casi todo lo que decía su familia.

Ahora, con 25 años, Aledis se encontraba sola. Al entrar al lavabo se mira en el espejo. Ve a una mujer que poco ha cambiado físicamente, pero ha madurado de forma express por su entorno familiar. Se tapa la mano con un papel, la sangre no deja de brotar. Parece que al final tendrá que ir al médico. Aprieta más el papel. El dolor que siente le produce una sensación de placer. A veces las personas solitarias necesitan estímulos o impactos para volver en sí y estar de nuevo en la tierra. Aledis llevaba meses viviendo en un estado de inconsciencia voluntaria para intentar sobrellevar sus diferencias familiares. Pero hoy había vuelto a la realidad, y de la peor forma posible.